
Editorial
El reto de encarrilar la locomotora de Europa
Los resultados pueden obligar a los dos grandes partidos a repetir una alianza, la «gran coalición», que, paradójicamente, está en la base del crecimiento de las formaciones extremistas.

En política, las decisiones siempre tienen consecuencias, más aún aquellas que conciernen al rumbo de la nación. Hoy, los alemanes acuden a las urnas bajo la incómoda sensación de que su modelo de vida, económico y social, se ha derrumbado en un tiempo extremadamente corto, arrastrado por una combinación fatal de problemas internos y externos a los que las grandes coaliciones de gobierno no han sabido dar cumplida respuesta. De ahí que, como en otros países europeos a raíz de la crisis de 2008, un sector de los votantes se incline cada vez más por apoyar posiciones populistas a derecha e izquierda que pueden obligar a los dos grandes partidos a repetir una alianza, la «gran coalición», que, paradójicamente, está en la base del crecimiento de las formaciones extremistas.
Entre otras razones, porque la conformación de un gobierno de esa naturaleza, que inhabilita por sus propias características la figura de la oposición, conduce a una deriva de gestión pactada, es decir, limada de aristas y, por lo tanto, alérgica a la confrontación de opiniones y pareceres. De hecho, la caída del actual Ejecutivo germano, también de amplio espectro, vino determinada por la imposibilidad de sacar adelante la política presupuestaria cuando uno de los socios, el liberal, se negó a continuar en la misma línea que había llevado al país a su situación actual, lo que motivó el final adelantado de la legislatura.
Con ello no queremos afirmar la inconveniencia de los pactos y los acuerdos de Estado entre partidos de distinto espectro ideológico, pero sí que algunas de las estrategias en materia de energía o de políticas de asilo no se hubieran tomado de haber existido una oposición parlamentaria fuerte. Ahora, el reto que se presenta a los alemanes no es sólo el de reconducir una política económica industrialmente lastrada por el alto coste de la energía y un sistema financiero venido muy a menos, sino el de aceptar que su papel como locomotora de la Unión Europea, más acusado si cabe tras el Brexit y la inestabilidad institucional de Francia, sigue siendo determinante en el futuro del continente y no debería quedar al albur de populismos que siempre trasladan la responsabilidad de los problemas a otros actores, en este caso, la socorrida «Bruselas».
Se afirma que Alemania ha perdido el tren de la nueva modernidad, el de la digitalización y las nuevas tecnologías de la Comunicación, por aferrarse a un modelo productivo cada vez menos capaz de enfrentarse a los gigantes asiáticos y a los Estados Unidos, pero, con ser cierto, también lo es que unas políticas climáticas extremadas y la sordina impuesta a los problemas migratorios han hecho que la brecha entre lo que vive y percibe la población en general y lo que dictaminan las clases dirigentes no haya hecho más que ensancharse. Con la certeza de que los extremos no son la solución.
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